lunes, 10 de febrero de 2014

ÁNGELES SUBTERRÁNEOS

Jack Kerouac


En 1957 se publica On the Road, la obra de Kerouac que se convertiría en el manifiesto fundacional de la Beat Generation. La escribió en 1951, plasmando durante tres frenéticas semanas, sobre un rollo de teletipo, el evangelio de los movimientos contraculturales que se revelaron contra el paraíso ficticio del “american way of life”.

Como señala el propio Kerouac, en un artículo publicado en 1958 en Esquire Magazine, John Clellon Holmes y él tomaron el término beat de las esquinas marginales de Times Square y el Village, y lo usaron para denominar a una generación de vagabundos iluminados, hipsters drogadictos, beatíficos jazzistas y bellos perdedores, que durante los años cuarenta transitaban las carreteras y tugurios de la Norteamérica subterránea como profetas de una cruzada bohemia. 

“Los medios de comunicación no podían controlarnos, así que nos descubrieron”, dice el poeta Gregory Corso. La publicación en el 56 de Aullido, de Allen Ginsberg, sacudió los cimientos de la puritana América de Eisenhower y abrió una brecha de marginación, éxtasis alucinatorio y demoledora crítica social en la congelada poesía formalista del momento. Retomando las poéticas de Blake, Pound y William Carlos Williams, este obsceno himno vehemente al irracionalismo y a una nueva conciencia espiritual, resonaría luego en la psicodelia del  Flower Power y las consignas de los movimientos pacifistas y de lucha por los derechos civiles. La errática senda por las autopistas del peyote y el alcohol, al ritmo del jazz y los perfumes de Oriente que marcó la Generación Beat, sería luego transitada por los nuevos jóvenes del rock n’ roll, con sus ídolos rebeldes a lo James Dean o Marlon Brando, que  tan lucrativos acabaron resultando para las industrias del consumo de masas.

Uno de los supervivientes de esta ola de transgresión  que supuso la Generación Beat - transgresor vocacional como Sade o Genet y superviviente de todas las drogas y experimentaciones artísticas- fue el exquisito yonqui William Burroughs. En parte hermano mayor de los primeros beats, deslumbró por su cultura y experiencia a los jóvenes Kerouac y Ginsberg, a los que acercó a la lectura de Blake, Auden, Kafka, Yeats o D. Welch y los tratados clásicos de la espiritualidad de Oriente.

En su obra maestra, El almuerzo desnudo, publicada tras muchos problemas legales en 1959, escenificó  su descenso a los infiernos de la heroína, que le convirtió en un fantasma en el laberinto de la medina de Tánger. Renació de todas sus pesadillas, como la del asesinato accidental de su esposa Joan cuando hacía prácticas a lo Guillermo Tell en estado de ebriedad. Regresó de la  senda de la ayahuasca. Compartió en París con el pintor Brion Gysin las técnicas del cut-up, que aplico a su escritura, y en el mítico Hotel Chelsea de Nueva York se codeó con Warhol, Larry Rivers y Basquiat. Escribió numerosas novelas y guiones cinematográficos, experimentó en la literatura, la  pintura y el cine, trabajó con músicos de la talla de David Bowie, Tom Waits, Frank Zappa, Kurt Cobain, U2, Laurie Anderson, o cineastas como Gus Van Sant y David Cronemberg .


William Burroughs

Al final de su vida se convirtió en un icono del malditismo para la cultura punk y la nueva música electrónica, y hoy es un autor prestigioso cuya influencia en el arte contemporáneo se estudia en los museos. 

Resulta curioso comprobar que, tras ríos de tinta sobre la Beat Generation y sus autores icónicos, la novela escrita a cuatro manos por Kerouac y Burroughs en 1945, obra germinal de la cultura beat, haya tardado más de sesenta años en ver la luz. Me estoy refiriendo a Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, publicada en nuestro país por Anagrama en el 2010.


Entre la crónica negra y el laconismo existencialista, la historia nos traslada al tórrido verano del 44, a un  Nueva York  en el que un grupo de jóvenes aspirantes a artistas deambulan por bares y apartamentos compartiendo amantes, libros y fiestas, soñando bajo nubes de marihuana con desembarcar en las turbias tabernas de Montmatre. En la madrugada del 14 de agosto, en el parque de Riverside, el turbador efebo Lucien Carr, el que fuera amante de Ginsberg y al que éste dedicó su Aullido, asesinó a David Kammerer, amigo de infancia de Burroughs, clavándole su navaja y arrojando el cuerpo inconsciente cargado de piedras al Hudson. 

Mike Ryko (Jack Kerouac) y Will Dennison (William Burroughs) alternarán sus voces para componer el mosaico de una historia  de la que fueron testigos privilegiados: el crimen de la Universidad de Columbia, que conmocionó las portadas de los periódicos del momento y marcó con su arañazo trágico los comienzos de este grupo de autores malditos.

Como señala J.W. Grauerholz, compañero, editor y albacea testamentario de Burroughs, Ginsberg “fue uno de los primeros en probar a hacer literatura con el episodio Carr-Kammerer”, reuniendo numerosas anotaciones para una obra que pensaba titular Canción de sangre, y que finalmente pueden leerse en sus diarios. Y numerosas versiones del suceso fueron apareciendo en novelas y memorias de años posteriores, como las de Chandler Brossard, William Gaddis, John Clellon Holmes, Anatole Broyard o James Baldwin, que pudo inspirarse en los protagonistas reales de la historia para su relato “Ejércitos ignorantes”, una anticipación de su conocida novela de temática gay La habitación de Giovanni, publicada en 1956. También Edie Parker, primera esposa de Kerouac, trasladó sus recuerdos del episodio a sus memorias, publicadas en el 2007 bajo el título You’ll Be Okay: My Life with Jack Kerouac.


Allen Ginsberg


En cuanto al curioso título de esta crónica, en una entrevista concedida en 1967 a Paris Review, Kerouac recordaba que  Burroughs y él escucharon en la radio una noticia relativa a un incendio en el zoo de Londres, que se propagó por las instalaciones de forma que “los hipopótamos se cocieron en sus tanques”. Según otras versiones podría tratarse de un incendio del circo Ringling Brothers en Connecticut, o incluso Ginsberg aduce como posible fuente alguno de los experimentos con recortes de grabaciones realizados por su  amigo y también estudiante de Columbia, Jerry Newman.

Kerouac fue retenido como testigo principal del asesinato y se casó con Edie Parker para que los padres de esta pudieran pagarle la fianza; en el 47 se lanzaría a su odisea vagabunda por la Ruta 66. Burroughs se refugió en la  protección de su acomodada familia de Saint Louis y regresó luego a  Nueva York para iniciar su particular viaje por los ambientes del hampa y las inyecciones de morfina. El angélico y cruel Rimbaud de esta historia, Lucien Carr, cumplió dos años de condena en el reformatorio de Elmira, de donde salió para comenzar una nueva vida como padre de familia y reputado periodista. No es de extrañar que presionara a sus amigos para que el manuscrito de Los hipopótamos durmiera bajo las tablas del suelo hasta después de  su muerte, acaecida en 2005.

En cualquier caso, como comenta Grauerholz, la juventud dorada de ese grupo de muchachos terminó aquella noche de verano, “cuando Lucien quitó, o aceptó, la vida de su mentor y acólito, su acosador y perrito faldero, su creador y destructor, David Eames Kammerer”.

Aquella muerte supuso el final de una historia y abrió los caminos a muchas otras.


* Escuchar aquí "The world is waiting for the sunrise" (Benny Goodman). Kerouac relata que esta canción fue la banda sonora del día en que Carr le confiesa el asesinato de Kammerer.

Burroughs, Williams; Kerouac, Jack, Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques (2008). Barcelona: Anagrama, 2010. 

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