lunes, 27 de enero de 2014

Y ELIZABETH SMART SE SENTÓ Y LLORÓ

Elizabeth Smart


La resignación fue el único pecado que Elizabeth Smart encontraba inaceptable: “ante la  resignación, esa alcahueta de la muerte, no existe redención. Es el pecado castigado con la condenación eterna”. Así puede leerse en su magistral En Grand Central Station me senté y lloré, una obra que parece escrita con su propia sangre, y en la que destila en palabras de una potencia deslumbradora su pasión por el poeta George Barker.

Ni la oposición de su acomodada familia de Otawa, ni el alto precio que  una soltera con hijos debía pagar en la puritana sociedad de su época, ni las promesas incumplidas de Barker, que nunca abandonó a su esposa y vivió apasionados romances con la botella y con otras mujeres (tuvo quince hijos, cuatro con la escritora), consiguieron desviar a Elizabeth Smart de un destino forjado con obstinación. Un día de 1937 encontró en una librería de Londres un poemario de Barker y decidió que sería –contra todo– el amor de su vida. Consiguió conocerlo tres años más tarde, cuando invitó al poeta y a su esposa a visitarla en California, donde vivía entonces en una colonia de escritores.

Este encuentro dará comienzo a la novela en la que Smart describe la histora de una adicción de la que no quiso curarse. Entre las ruinas de un Londres devastado por la guerra, y las de un corazón arrasado por las idas y venidas del atormentado Barker, con tantos ojos fijos en su mano sin anillo, Smart escribió esta novela “de bella intensidad, extrema y rara”, como la califica Vila-Matas. Se publicó en 1945, y a pesar de los esfuerzos de su familia para que el libro no viese la luz, terminó por convertirse en obra de culto en los círculos literarios de Nueva York y Londres. En 1950 Barker publicaría La Gaviota muerta, en la que descubre su particular visión de esta pasión desesperada. 

El éxito de una segunda edición de la novela de Smart en 1966 permitió a la escritora abandonar sus trabajos alimenticios en prensa y retirarse a una casa en Suffolk, donde prosiguió su carrera con una abundante producción en prosa y poesía. Pero esperó hasta 1977, treinta y dos años después del exorcismo literario de su primera novela, para volver a publicar sus siguientes obras: The Assumption of the Rogues & Rascals y la colección de poemas A Bonus

En Grand Central Station... es para Vila-Matas una de esas obras maestras que ejemplifican la conexión de la narrativa con “el gran espectro poético”. En efecto, y al igual que en Virginia Woolf, encontramos aquí una prosa híbrida, abierta en cada párrafo a las “altas ventanas” de la poesía, y pionera en el procedimiento de convertir el texto en una maquinaria de citas literarias que multiplican sus significaciones.

Ya el mismo título remite  al Salmo 137: "By the rivers of Babylon we sat down and wept, remembering Zion" (“junto a los ríos de Babilonia nos sentamos y lloramos, recordando Sión”), al que se suma todo un universo de referencias que incluyen la mitología clásica, El Cantar de los Cantares, el teatro isabelino (Marlowe y, sobre todo, Shakespeare), los versos de Milton, Blake, Auden o Rilke, junto a la poesía popular y los eslóganes publicitarios. 

A lo largo de diez capítulos desvela Smart la descarnada anatomía de su amor, un descubrimiento desconcertante que le permitirá descifrar el lenguaje esencial del universo, aquel que comparte con los árboles, los colibríes y los ángeles. El amor es inundación, trance, delirio: “De veras, estoy mortalmente herida por las semillas del amor”, dice. Pero también desata la culpa ante la esposa de Barker: “He aplastado su corazón como un huevo de petirrojo”; ante los padres decepcionados por esa  hija que crece “doblegada por un viento fatal con el que ellos no habían contado”; ante un mundo que arde entre el estruendo de las bombas mientras ella es absorbida por el abismo del placer.

El amor es también aniquilación: “me pregunto cómo es que nadie ha notado que estoy muerta y se ha tomado la molestia de enterrarme”; exilio: “Me han expulsado del prado de la paz, en el que ya nada, nunca, me hará crecer”; tristeza ante la indiferencia del mundo: “nadie se compadecerá de ti en esta ciudad donde el fracaso es sinónimo de vergüenza, y las lágrimas anacronismos…”. Y produce un dolor que Smart atesora cuando es lo único que le queda: "un dolor grandioso como una ópera (…). Podría haberme mostrado el sueño de Dante entero. Sólo con que hubiera conseguido soportarlo”. 

Pero Elizabeth se levantó y soportó el peso del amor que había elegido como un regalo envenenado. Murió en Londres, en 1986, de un ataque al corazón. Sabemos, por su propio testimonio, que fue un corazón maltrecho pero nunca resignado.

Smart, Elizabeth, En Grand Central Station me senté y lloré. Traducción y notas de Laura Freixás. Cáceres: Periférica, 2009.

3 comentarios:

  1. ¡Hola! Te hemos nominado a los Liebster Awaeds! los premios blogger ^^pasa por el blog y lo miras: http://brujulas-2.blogspot.com.ar/2014/01/nos-han-nominado-los-liebster-awards.html
    Besos

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  2. Hola cariño un premio aguarda por ti en mi blog :B http://elyhurricane.blogspot.mx/2014/02/3-premios-para-el-blog.html

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