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jueves, 7 de noviembre de 2013

DIARIO DE UN HOMBRE DE ÉXITO

Ernest Dowson
“Era tímido, silencioso y un poco melancólico”
W.B. Yeats

En los últimos años del siglo XIX, el fin de siecle británico suavizó el rigorismo victoriano y contempló los excesos de una serie de poetas que hicieron del decadentismo y la bohemia enseña de sus vidas y sus obras, siguiendo el rastro de  Baudelaire y Swimburne y el influjo deletéreo de Oscar Wilde.

Vivieron una época marcada por la convivencia de tradición y transformación: son los años de apogeo del expansionismo imperialista y de la extensión del socialismo y los movimientos obreros; el positivismo cientifista coexiste con las sociedades teosóficas y el boom del espiritismo; Rudyard Kipling gana el Nobel en 1907, y al tiempo que se escucha al laureado Alfred Austin y a las voces consagradas de George Meredith y Samuel Butler, ascienden las de Thomas Hardy, W.B.Yeats, Bernard Shaw y Joseph Conrad. Todavía se habla de la Hermandad Prerrafaelita mientras Aubrey Beardsley escandaliza con sus ilustraciones para la Salomé, de Wilde, y la Lisístrata, de Aristófanes, o Max Beerbohm satiriza con sus parodias a sus contemporáneos. Edward Elgar compone la Marcha Imperial para el Jubileo y las operetas de Gilbert y Sullivan llenan de multitudes el Savoy.

Hermanados por la bohemia y el dandismo afrancesado, el grupo de poetas del Rhymers' Club celebraba sus reuniones en The Cheshire Cheese y el Café Royal, colaboraban habitualmente en revistas como The Yellow Book o The Savoy y publicaron un par de volúmenes de versos que aparecieron entre 1892 y 1894. Entre sus componentes -T.W. Rolleston, John Todhunter, W.B. Yeats, Richard Le Gallienne, Lionel Johnson, Arthur Cecil Hillier, Ernest Dowson, Victor Plarr, Ernest Radford, Arthur Symons, G.A. Greene, Edwin J. Ellis, Ernest Rhys- sin duda el más notorio fue el Nobel W.B. Yeats, aunque como grupo alcanzaron un cierto halo de poetas malditos de trágico destino, del que se hizo eco Arthur Ransome en su Bohemia in London (1907).

Quizás entre todos ellos –como señala Luis Antonio de Villena– el mas atractivo y extremado fuera Ernest Dowson , arquetipo de poeta decadente, despilfarrador de su juventud en tabernas y burdeles, muerto con poco más de treinta años por la tuberculosis y el exceso, o como dijo Arthur Symons porque “era demasiado joven y demasiado frágil como para envejecer".

Abandonó pronto su educación en Oxford y se entregó al magisterio de la absenta y la poesía, consiguiendo que sus escasos poemarios fueran celebrados por nombres como T. S. Eliot, Ezra Pound, Wyndham Lewis o Cyril Connolly. Su exigua obra incluye además algunos artículos de crítica, historias cortas reunidas en el volumen Dilemmas (1895), y dos novelas, A Comedy of Masks y Adrian Rome, ambas coescritas con Arthur Moore. Hizo de la disidencia  su bandera, y así eligió a la “Hembra Escarlata” –como llamaba Wilde a la Iglesia de Roma– o prestó su apoyo y compañía al poeta irlandés cuando era un apestado social recién salido de la cárcel. Amó apasionadamente a una muchacha polaca de once años que lo abandonó por otro, y sin duda suscribiría como resumen de sus días el irónico título de su relato, Diario de un hombre de éxito, publicado por la editorial Periférica en 2012.

Ambientada en la Brujas de fines del XIX, esta pequeña pieza cuenta el regreso a la ciudad de un próspero comerciante viudo que ya rebasa la cincuentena. El recorrido por los lugares en los que fue joven y feliz le lleva a la iglesia de las Dames Rouges, donde –tras escuchar una voz en el coro de monjas enclaustradas– desvelará el triste malentendido que le hizo abandonar la ciudad para alejarse de su mejor amigo y de la mujer que amaba.

Dowson pone aquí su prosa exquisita al servicio de la memoria de un pasado irrecuperable y un amor insatisfecho, que quizás sobrevive porque está en buena medida cimentado de ausencias. La obligada conclusión de este itinerario sentimental es un desencanto que se instala definitivamente, "sin esperanzas ni promesas”.