martes, 4 de marzo de 2014

CANCIÓN DE TUMBA

Canción de tumba


“Madre solo hay una. Y me tocó”. Esta cita abre Canción de tumba, la obra con la que el poeta, narrador y vocalista de la banda de rock Madrastas, Julián Herbert (Acapulco,1971), ganó el Premio Jaén de Novela 2011. Entre la autobiografía y la reflexión metaliteraria, Canción de tumba consigue sacudir a sus lectores con un puñetazo de buena literatura. 

Si Tolstoi encontraba un carácter genuino en las familias desdichadas, Herbert recuerda que el mito doméstico en el que zozobró su infancia fue pretender que la suya era realmente una familia. Creyó muy tarde en la redondez de la Tierra porque durante años su territorio fue el polígono limitado por los rieles del tren y su vida una sucesión de hermanastros, padres perdidos y encontrados, nuevos prostíbulos, hostiles cuidadoras y casas desbaratadas por la lluvia: "Lo malo de ser el hijo de una puta es que, cuando eres niño, muchos adultos actúan como si la puta fueras tú”. Creció defendiéndose del abuso y la rabia pero guardó siempre intacto el amor de la mañana en que su madre le enseñó a escribir su nombre, y se aferró con fuerza a la generosidad de la literatura para salir indemne de todos los desahucios de la infancia.  

Guadalupe Chávez –uno más de entre sus muchos nombres– fue una niña maltratada que acunaba su rebeldía a golpe de bolero, una talentosa contadora de historias y una madre luchadora, a veces mezquina, dominante y chantajista. Entre el amor y el odio reconstruye Herbert la historia de esta mujer que agoniza por la leucemia en un hospital de Saltillo, una especie de kafkiana nave espacial en cuyo vientre flota el pasado del narrador junto al olor de la degradación física. En las largas noches de vela comprende que antes solo conocía la mortificación, no la muerte, porque “si te dedicas a cuidar de un enfermo, te arriesgas a vivir en el interior de un cadáver”.

Reflexión sobre el dolor desde lo visceral, sin resquicio para la complacencia o la complicidad, sin esperar la redención tampoco, pero dejando siempre margen a la esperanza; “Todo abismo tiene sus canciones de cuna”, dice el autor ante el feliz nacimiento de su último hijo. 

Y en ese brutal descolgamiento en los precipicios del pasado, explora también Herbert la construcción de la propia madurez, sus fracasos como padre, sus miedos como amante y sus dudas en el proceso creativo, todo ello con el trasfondo de un  país –el dulce e infernal México– devastado por la violencia y la injusticia.

Julián Herbert hace literatura con su vida pero el biografismo es solo la argamasa con que levanta el sólido edificio de una ficción orgánica y ferozmente sincera. Y la ocasión para desvelar una poética puesta al servicio del autodescubrimiento, una especie de áspera encíclica pulsional. Contra Wilde –al que admira– abomina de una obscena belleza de anecdotario y rechaza la convicción de este acerca de que escribir a partir de lo autobiográfico aminore con su vulgaridad la experiencia estética. Herbert acepta el reto de la vecindad entre ambas zonas y mantiene que solo con pedazos de impureza se construye una ficción viva. Por eso considera que son los textos más confesionales de Wilde –The ballad of Reading Gaol y De Profundis– los más bellos de su producción. 

Las cursis canciones populares y el lenguaje fronterizo de la calle le permiten intuir que  la verdad de un sentimiento se impone siempre a la distinción entre formatos elevados o banales, y que solo conviene a la hipócrita poética del poder “convertir lo sublime en un centro de mesa”.

Canción de tumba es una febril crónica de despojamiento literario, un viaje a las aguas profundas del pasado, de las que Herbert emerge comprendiendo que “el amor es un virus poderoso” y el más radical antídoto contra la muerte.

Herbert, Julián, Canción de tumba. Barcelona: Mondadori, 2011.

Escuchar aquí Desvelo de amor, por el Trío Guayacán. El bolero con el que Guadalupe Chávez conseguía llorar.

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